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Abrió la puerta que daba a la calle. Iba descalza
y se entretuvo notando el frescor del suelo embaldosado mientras una brisa se
le colaba entre los dedos de los pies. Eran las ocho de la mañana del tercer día
de la segunda semana del décimo mes del año. La primavera estaba instalada
cómodamente en el Valle del Elqui.
Daniela podía ver desde su ventana al mundo como
mujeres y hombres, niños y abuelos, gatos y perros, se cruzaban en la Plaza
de Armas de Montegrande siguiendo el principio de incertidumbre. Un poco más
lejos estaba Gabriela Mistral con unos chiquillos. Era una escena estática y
gris pero a la vez tierna y esperanzadora. Daniela les hizo un guiño a modo
de saludo.
El día era soleado como la mayoría de los días en
ese valle. La cola de una pequeña nube se escondía aprisa detrás de un cerro
para no romper el azul del cielo. Daniela se sintió afortunada de haber
presenciado aquel resquicio de imperfección y de belleza a la vez.
Entró para dentro y se dirigió hacia la
habitación adyacente donde estaba la pequeña cocina de dos fogones para
prepararse un té con leche. Con la taza humeante volvió hacia la puerta, no
sin antes dar un vistazo a sus joyas. Joyas de tapas duras y centenares de
hojas. Con historias escondidas esperando a ser descubiertas. Con olores de
aventura, risas, poesía, reflexión, ansias. Su tesoro más preciado y apegado.
Columnas de libros que había ido recopilando, recogiendo, recibiendo,
encontrando, a lo largo de su vida. A sus cuarenta y cinco años Daniela
poseía una colección que quitaba el hipo al mismísimo director de la
Biblioteca Nacional.
Daniela había nacido en la Serena en manos de la
doctora Quiñones y el comadrón Sacristán. Había sido un parto largo y
dificultoso, y su madre, ama y señora de su casa, exhausta por el ejercicio
había decidido descansar eternamente. Del padre nada de sabía. Era un hueco
en el árbol genealógico. Daniela fue informalmente adoptada por sus tíos,
vecinos de Montegrande y encargados de unos viñedos propiedad de un hombretón
de Santiago. Así pues, Montegrande fue donde pasó su infancia inocente,
adolescencia rebelde, juventud soñadora y ahora es donde ya como mujer
disfrutaba más de cada uno de sus días.
Miró el reloj de pared y se dio cuenta de que ya
era la hora de abrir el consultorio médico. Se puso las zapatillas y la bata
blanca y preparó todos sus utensilios, todos bien ordenados y colocados.
Antes de Daniela no había ningún consultorio. Quién andaba medio pachucho
tenía que tomar la micro y bajar hasta Vicuña, donde algunos días a la semana
se presentaba el doctor Román con aspirinas y tiritas en su maletín de cuero.
Ahora era Daniela quien, tras muchos esfuerzos, se había ganado la confianza
de los vecinos de Montegrande.
El primero en visitar a Daniela el tercer día de
la segunda semana del décimo mes del año fue Elías, un anciano de ochenta y
nueve años que se pasaba el día sentado en un banco de la Plaza de armas
organizando el tráfico aéreo de las palomas. - Buenas mañanas Doctora Daniela. - ¡Buenos días don Elías! ¡Siempre el más
madrugador! ¿Cómo se encuentra hoy? - El anciano se quitó la chaqueta y se fue directo
y con decisión a la camilla preparada para la ocasión. Se desabrochó la camisa
y señaló con una mano la parte izquierda de su pecho. - Mire Doctora Daniela, mire lo lento que late.
Ya casi no lo noto. Tengo miedo de que se pare sin darme cuenta. - Daniela tomó el estetoscopio y auscultó el pecho
arrugado y desigualmente peludo de don Elías. Una vez terminada la inspección
se colgó el estetoscopio en el cuello. Miró al anciano a los ojos y muy seria
le dijo: - Ya veo. Es un caso nuevo de lentitud cardíaca.
¿Le ha ocurrido algo importante en esta última temporada? Piense… Algo que le
haya afectado de algún modo. No importa si es bueno o malo. Piense… - Don Elías arrugó aún más su frente ya arrugada. - No Doctora Daniela. - Ajá! Ese es el problema don Elías. Que no le
ha pasado nada. Al igual que como les pasa a las tortugas en invierno, su cuerpo
cree que es momento de invernar y su metabolismo se está viendo sosegado y
reducido a lo imprescindible. Curioso. Muy curioso. - ¿Y es grave Doctora Daniela? - preguntó el
anciano no queriendo saber la respuesta. - Nada es grave si se pone el remedio adecuado.
Espéreme un momento que voy en busca de lo que necesita. - Daniela desapareció por la puerta y buscó en la
rebotica. Volvió al cabo de unos minutos repasando con esmero lo que traía
entre las manos. Se acercó a su mesa y se sentó en su silla. - Don Elías, dígame, ¿usted se marea en barco? - No Doctora Daniela. En la Serena salía con mi
padre a pescar y lo sentía muy rico. - Estupendo. Le voy a recetar “La isla del
tesoro” de Robert Louis Stevenson. Un capítulo diario de aventuras. Y me
viene a ver dentro de una semana a ver cómo le ha ido. Y depende del
resultado podemos aumentar la dosis. Lo importante es introducir un poco de
inquietud en su día a día a fin de engañar a su metabolismo. - Don Elías tomó el libro que le entregaba Daniela
y se miró la portada de aquel ejemplar antiguo. Se fijó en las caras de los
dos piratas armados que salvaguardaban su bandera cadavérica. Aquellos ojos
oscuros y profundos le devolvieron la mirada. Don Elías notó al instante que
su corazón tomaba carrerilla. Abrió la primera página y empezó a rastrear
cada una de las palabras. - Pero esto lo debe hacer en su casa o sentado
en un banco de la plaza. Ahora debo atender a otras personas don Elías. - dijo
Daniela mientras acompañaba al anciano hasta la puerta. Sin quitar la vista del libro don Elías levanto
la mano a modo de despedida y se fue calle abajo mientras los coches lo
serpenteaban y lo bocinaban.
A esto se dedicaba Daniela. A curar con palabras,
comas y puntos y seguido. Sus libros curaban los males más extraños nunca
antes conocidos. Una técnica digna de estudio y que atraía a enfermos,
curiosos, chamanes, y a todo el
mundo que buscara una solución a un problema.
Esa mañana del tercer día de la segunda semana
del décimo mes del año estaba siendo muy tranquila. Daniela se entretenía
barriendo la entrada y apartando algunas hojas secas que se acumulaban bajo
la puerta. Aún así, el momento de paz siguiente duró lo que un suspiro…
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dissabte, 5 d’octubre del 2013
Libros al sol (1a part)
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Diguem el títol del llibre .La autora ja la conec es la Marcela Serrano.
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